Viernes, 24 de Mayo de 2013
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LA PEREZA Y LA ACEDIA

R.P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.

II. LA ACEDIA

1. Naturaleza de la acedia

La pereza en el plano espiritual y religioso se denomina propiamente acidia o acedia. La palabra griega avkhdia o avkhdeia , aparece tres veces en la versión de los LXX (Sal 118,28; Sir 29,5; Is 61,3), traducida en la Vulgata por taedium (tedio) y maeror (tristeza profunda); no aparece en la versión griega del Nuevo Testamento. Se la encuentra entre los autores paganos, como por ejemplo, en Empédocles, Hipócrates, Luciano y Cicerón. El término griego, con el sentido tedio, tristeza, pereza espiritual, se latinizó como acedia , acidia o accidia .

Los Santos Padres y los autores eclesiásticos le dieron una gran importancia en la lucha espiritual. Fue estudiada por Casiano, San Juan Clímaco, San Juan Damasceno, Isidoro de Sevilla, Alcuino, etc. Casiano la define como: 'taedium et anxietas cordis, quae infestat anachoretas et vagos in solitudine monachos' (tedio y ansiedad del corazón que afecta a los anacoretas y a los monjes que vagan en el desierto). Los Padres del desierto la llamaron 'terrible demonio del mediodía, torpor, modorra y aburrimiento'. Guigues el Cartujo la describió de la siguiente manera: 'Cuando estás solo en tu celda, a menudo eres atrapado por una suerte de inercia, de flojedad de espíritu, de fastidio del corazón, y entonces sientes en ti un disgusto pesado: llevas la carga de ti mismo; aquellas gracias interiores de las que habitualmente usabas gozosamente, no tienen ya para ti ninguna suavidad; la dulzura que ayer y antes de ayer sentías en ti, se ha cambiado ya en grande amargura' [15] .

Santo Tomás de Aquino la define con precisión como tristitia de bono spirituali , tristeza del bien espiritual; indicando que su efecto propio es el quitar el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón de las cosas espirituales que prueban a veces los fieles e incluso las personas adentradas en los caminos de la perfección; es una flaccidez que los empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual, a causa de la dificultad de esta vida. Garrigou-Lagrange la definía como 'cierto disgusto de las cosas espirituales, que hace que las cumplamos con negligencia, las abreviemos o las omitamos por fútiles razones. La acidia es el principio de la tibieza' [16] .

No menos importancia se le dio entre los autores del renacimiento espiritual español. La Puente dice que es 'una tristeza o tedio de todas las obras de la vida espiritual, así de la vida activa como de la contemplativa, de donde procede que a todo lo bueno resiste y para todo inhabilita, y es lastimoso el estrago que hace' [17] . Podemos encontrarla retratada en la 'desolación' ignaciana; decía Ignacio: 'Llamo desolación... [a] oscuridad de alma, turbación de ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor' [18] . La acidia voluntaria (ya sea buscada, ya sea no combatida) es elemento culpable dispositivo de la desolación [19] .

La descripción que nos han dejado los Santos Padres, es detallada y precisa. Evagrio Póntico describía al acedioso diciendo: 'La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. En efecto, la tentación es para un alma noble lo que el alimento es para un cuerpo vigoroso. El viento del norte nutre los brotes y las tentaciones consolidan la firmeza del alma. La nube pobre de agua es alejada por el viento como la mente que no tiene perseverancia del espíritu de la acedia. El rocío primaveral incrementa el fruto del campo y la palabra espiritual exalta la firmeza del alma. El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo. El acedioso aduce como pretexto la visita a los enfermos, cosa que garantiza su propio objetivo. El monje acedioso es rápido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacción; la planta débil es doblada por una leve brisa e imaginar la salida distrae al acedioso. Un árbol bien plantado no es sacudido por la violencia de los vientos y la acedia no doblega al alma bien apuntalada. El monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada cierto tiempo. Un árbol transplantado no fructifica y el monje vagabundo no da fruto de virtud. El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje acedioso no lo es de una sola ocupación. No basta una sola mujer para satisfacer al voluptuoso y no basta una sola celda para el acedioso. El ojo del acedioso se fija en las ventanas continuamente y su mente imagina que llegan visitas: la puerta gira y éste salta fuera, escucha una voz y se asoma por la ventana y no se aleja de allí hasta que, sentado, se entumece. Cuando lee, el acedioso bosteza mucho, se deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y los ornamentos y finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones. El monje acedioso es flojo para la oración y ciertamente jamás pronunciará las palabras de la oración; como efectivamente el enfermo jamás llega a cargar un peso excesivo así también el acedioso seguramente no se ocupará con diligencia de los deberes hacia Dios: a uno le falta, efectivamente, la fuerza física, el otro extraña el vigor del alma. La paciencia, el hacer todo con mucha constancia y el temor de Dios curan la acedia. Dispón para ti mismo una justa medida en cada actividad y no desistas antes de haberla concluido, y reza prudentemente y con fuerza y el espíritu de la acedia huirá de ti' [20] .

San Juan Clímaco le dedica uno de los 'escalones' de su 'Escala Espiritual' describiéndola con términos semejantes [21] .


[15] Citado por Vansteenberghe, col. 2026.

[16] Op. cit., p. 450.

[17] La Puente, Guía espiritual , trat. IV, c. XVII, Ed. Apostolado de la Prensa, Madrid 1926, p. 957.

[18] San Ignacio, Ejercicios Espirituales, n. 317.

[19] No se identifica plenamente con la desolación descrita por el Santo sino con uno de sus aspectos, pues en la desolación espiritual 'hay que distinguir dos elementos: uno negativo, la retirada o negación de las gracias palpables consoladoras; y otro positivo, el estado depresivo descrito. El primero es de origen divino. El segundo, de origen diabólico...' ( López Tejada, D., Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Comentario y textos afines , Edibesa, Madrid 1998, pp. 855-856). En la desolación 'Dios es causa permisiva...; el demonio, caus

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