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Una cuestión que suelen plantear esposos, médicos e instructoras de los métodos naturales, tiene por objeto la 'licitud' de los mismos. Es muy frecuente recibir preguntas de éste o semejante tenor: ¿qué diferencia hay, en definitiva, con los demás métodos para regular la natalidad?, ¿siempre son lícitos?, ¿se les puede enseñar a cualquier persona que lo solicite o tiene que reunir algunos requisitos?, etc. Generalmente no se encuentra en los manuales de enseñanza de estos métodos (método de la ovulación, de la temperatura basal, de la palpación cervical, etc.) la explicación adecuada y profunda de las implicaciones antropológicas, morales y espirituales que tienen los llamados 'métodos naturales' en sí mismos [1] . Lo que voy a desarrollar a continuación puede resumirse diciendo que el uso honesto de los métodos naturales para regular la natalidad no es reductivamente una 'técnica' de regulación sino una realidad mucho más amplia que se engloba en la pedagogía de la perfección virtuosa de los esposos; por tal motivo es esencial a su enseñanza el presentar tales métodos explicando la antropología, la espiritualidad y la moralidad que ellos suponen como soporte.
1. Diferencia antropológica
En la Familiaris consortio el Papa Juan Pablo II afirmó que la diferencia entre los métodos anticonceptivos y los métodos naturales para regular la natalidad es no sólo una diferencia 'técnica', sino una diferencia moral y antropológica [2] .
a) Aspectos antropológicos de los métodos anticonceptivos
Los métodos anticonceptivos (pastillas, métodos de barrera, esterilización, etc.) implican una concepción pesimista y materialista de la persona humana:
- De la propia persona que los usa , pues quien recurre a estos medios se considera incapaz de cumplir la ley moral inscrita por Dios en su propia naturaleza. Es una visión degradada porque a través de ella la persona humana renuncia al ejercicio del 'dominio de sí mismo'; en lugar de 'contenerse' sexualmente cuando tiene motivo para hacerlo y reservar el ejercicio de su sexualidad para los momentos de infertilidad, recurre al 'camino fácil' de la píldora o del preservativo o de otros medios similares; implica, de este modo, una claudicación en la lucha por estructurar la propia personalidad; quien obra de este modo es literalmente un 'incontinente', es decir, un débil de carácter y un esclavo de sus instintos biológicos [3] .
-De la persona del cónyuge , el cual es considerado en el acto contraceptivo como objeto de placer. No es la persona a quien uno se 'entrega', se 'dona', sino el objeto 'de quien' se toma el placer de una satisfacción sexual. Se 'usa' y 'manipula' al cónyuge; expresa una visión utilitarista, y en tal sentido es lo contrario del amor genuino.
-De la misma sexualidad humana , que viene dividida interiormente al separarse las dimensiones indisolubles que el Creador ha puesto en ella: la dimensión unitiva (por la que los esposos se hacen una sola carne) y la procreativa (por la que los esposos se asocian a la obra creadora de Dios). Como dice el Papa Juan Pablo II, 'una se realiza por medio de la otra', por tanto al separarlas ambas se frustran [4] .
-De la vida humana : la vida que podrían engendrar con sus actos (el posible hijo) es considerada como una amenaza, un riesgo, una carga, un mal. De aquí hay luego un paso a pensar lo mismo de la existencia personal y de la vida del prójimo. Por eso la mentalidad anticonceptiva engendra -o es capaz de engendrar- la mentalidad abortista, la pérdida del sentido de la vida, la tendencia al suicidio (de hecho la anticoncepción es un suicidio social).
-Del mismo Dios , cuyos designios sobre la vida humana y la procreación son vistos como arbitrarios, inadecuados a las propias circunstancias; es una situación de soberbia, pues en ella el hombre y la mujer se consideran árbitros del designio divino sobre la sexualidad expresado en la estructura natural del acto sexual, corrigiendo la finalidad intrínseca del acto unitivo y su intrínseca indisolubilidad con la capacidad procreativa.
Estos métodos son llamados con toda propiedad 'anti-conceptivos' o 'contra-conceptivos' porque su 'objeto moral', o sea aquello que es buscado por la voluntad de los esposos al recurrir a ellos, es la destrucción positiva de las posibilidades de que se dé una nueva concepción. Se destruye esa posibilidad con un acto que modifica la biología de la mujer (como hacen las píldoras, dispositivos intrauterinos, la esterilización, etc.) o del varón, o bien se modifica el acto sexual impidiendo el natural deposito de las células germinales masculinas en el aparato reproductor femenino (como actúan, por ejemplo, los métodos de barrera).
b) Aspectos antropológicos de los métodos naturales
Con el término 'métodos naturales' se designan aquellos actos íntimos entre los cónyuges que intentan regular la reproducción humana sin modificar lo natural del acto sexual (por tanto, sin uso de preservativos o interrumpiendo el acto conyugal, etc.) ni la biología de ninguno de los dos cónyuges (píldoras anovulatorias, ligadura de trompas, dispositivos intrauterinos, etc.). Todo se realiza respetando la naturaleza del acto pero -a partir de un previo conocimiento de la propia naturaleza biológica y de los ritmos femeninos de la fertilidad- se reservan los actos conyugales para los momentos infecundos, absteniéndose durante los períodos de posible fecundidad; por este motivo todo método natural es llamado también 'método de abstención periódica'.
Como tal, todo método natural es ' no-conceptivo ' y no 'anticonceptivo', porque no supone ningún acto positivo que tenga por objeto destruir las posibilidades naturales de una concepción.
Los métodos naturales, como tales, hunden su raíz en la 'teología del cuerpo' es decir, en el 'lenguaje del cuerpo' y en la genuina concepción del cuerpo propia de una visión antropológicamente adecuada [5] .
En cuanto al 'lenguaje del cuerpo', 'hay que tener presente que el 'cuerpo habla' no sólo con toda la expresión externa de la masculinidad y feminidad, sino también con las estructuras internas del organismo, de la reactividad somática y sicosomática. Todo ello debe tener el lugar que le corresponde en el lenguaje con que dialogan los cónyuges en cuanto personas llamadas a la comunión en la unión del cuerpo' [6] . Es decir que:
-Por un lado, el cuerpo humano habla a todo hombre, lo interpela manifestándole la voluntad de Dios. Ante todo con la más evidente expresión externa de la masculinidad y feminidad; ésta complementariedad física habla del origen divino de la 'unicidad de la carne' que el hombre y la mujer buscan al desposarse; es Dios quien busca 'una ayuda semejante' para el varón (Gn 2,20), Él 'formó a la mujer y se la presentó al hombre' (2,22), Él dice: 'el varón se unirá a su mujer y serán una sola carne' (2,24), 'procread y multiplicaos' (1,28). Pero el cuerpo (y el Creador a través de él) también habla 'con las estructuras internas del organismo', es decir, con los ritmos de fertilidad e infertilidad.
-Por otro lado, los esposos se hablan -dialogan- no sólo con palabras sino también con sus gestos y con el uso de cuerpo. Deben respetar lo que su cuerpo dice en el acto sexual: entrega total, irrestricta, unión plena física que sirve de canal a la unión afectiva y espiritual. Deben hacer coincidir sus mentes, sus almas, sus intenciones, con las 'palabras' y 'gestos' que escogen para hablar.
El ser humano no es un animal ciego sino racional. La luz de la razón le ha sido dada para que 'lea' el designio divino, lo interprete y lo haga 'norma' de su actuar. Así como 'lee' en su masculinidad y feminidad el designio divino sobre el matrimonio (designio de heterosexualidad -uno con una- y de unicidad -uno solo con una sola-), también 'lee' e interpreta en la alternancia de los ritmos fértiles e infértiles la voluntad de Dios sobre la procreación (como el agricultor 'lee' la voluntad de Dios en los ritmos de la tierra): Dios le da a entender que debe ser 'responsable' en su procreación: llamar a la existencia los hijos que Dios quiere y que la sociedad y la Iglesia necesitan, respetar la capacidad física y psicológica de la mujer y del varón, tener en cuenta las circunstancias sociales y económicas en que se encuentran, etc.
El conocimiento de los métodos naturales, por tanto, coloca al hombre y a la mujer ante el conocimiento de su ser: se aprenden a conocer como 'creaturas', como hechura divina, como portadores de un plan dado por el Creador: 'este orden es la expresión del plan del Creador sobre el hombre' [7] . Aprenden a conocerse también como 'administradores' de esa voluntad divina y no como árbitros supremos.
Por otro lado, los métodos naturales se colocan en el contexto más amplio de la 'educación' de las virtudes propia de toda antropología correcta. El hombre es al mismo tiempo unión indisoluble de alma y cuerpo; su persona no es ni su alma ni su cuerpo por separado; engloba ambas dimensiones. El hombre crece como hombre -se perfecciona humanamente- en la medida en que adquiere las virtudes que le dan su plenitud humana. Las virtudes tienen como fin establecer una correcta y armoniosa relación entre espíritu y corporeidad. Esto quiere decir que el ser humano (varón o mujer) es más humano en la medida en que su espíritu y su cuerpo se relacionan armoniosamente. Esto exige virtud y lucha porque el pecado original ha introducido una 'discrepancia' entre las aspiraciones del alma y las del cuerpo: 'el espíritu está pronto pero la carne es débil' (Mt 26,41), 'siento una ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena' (Rom 7,23). La práctica de los métodos naturales o métodos de 'abstinencia periódica', exigen no sólo el conocimiento de sí mismo sino el aprendizaje del dominio de sí mismo . Por eso estos métodos son 'educativos' de la persona y del carácter; constituyen una pedagogía para la adquisición de las virtudes, especialmente la castidad y la continencia [8] .
La esencia antropológica de los métodos naturales consiste en que éstos son, en el fondo, solamente 'métodos de diagnóstico' de los períodos fértiles de la mujer, lo cual abre la posibilidad a la abstinencia de las relaciones sexuales cuando justificados motivos de responsabilidad exigen el evitar una nueva concepción. En este caso, el 'método' sólo da pie a los cónyuges para que éstos modifiquen su comportamiento sexual mediante la abstinencia , reservando sus intimidades para los momentos de infertilidad. No modifican de ningún modo el acto sexual, el gesto de donación y aceptación total del esposo o la esposa; por eso no modifica la naturaleza propia del acto manteniendo unidas las dos dimensiones del acto conyugal: la unitiva y la procreativa [9] . Es muy importante enfatizar que el método natural consiste esencialmente en el acto espiritual de continencia frente a la concupiscencia y donación espiritual: 'No se puede pensar, pues, dice el Papa, en una aplicación mecánica de las leyes biológicas. El conocimiento mismo de los ritmos de fecundidad -aun cuando indispensable- no crea todavía esa libertad interior del don, que es de naturaleza explícitamente espiritual y depende de la madurez del hombre interior' [10] .
Evidentemente esto supone la práctica de la virtud de la castidad conyugal . Y ésta es una de las razones fundamentales de la bondad de estos métodos cuando la regulación de la natalidad es algo necesario, pues la adquisición y la práctica de las virtudes en general y de la castidad en particular son esenciales para el auténtico amor conyugal. 'Hablar hoy de virtud, reconocía el Papa Juan Pablo II, y en particular de castidad, no es fácil. En la mentalidad corriente la virtud ha sido identificada a menudo con una actitud miedosa y tímida ante la vida y sobre todo la castidad ha sido vista, e incluso presentada, como una negación de los valores de la sexualidad. Sin embargo, 'según la visión cristiana, la castidad no significa de ninguna manera ni rechazo ni falta de estima de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual, que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad y sabe promoverlo hacia su plena realización'. Tal virtud, de hecho, realizando una integración creciente de los dinamismos instintivos y psíquicos propios de la sexualidad, permite aquel dominio de sí que es un presupuesto del don y de la aceptación, es decir, del amor. Sólo quien es libre, o sea quien no está dominado por la concupiscencia, puede darse a sí mismo y puede recibir a la otra persona sin reservas. El rol de la continencia es precisamente el asegurar el señorío de sí mismo' [11] . Sin virtudes (y especialmente castidad y continencia) no hay posibilidad de amor verdadero, pues el amor conyugal es una realidad que trasciende la genitalidad para alcanzar su más alta expresión en la afectividad y en la espiritualidad. Pero la concupiscencia (el desorden de las pasiones al que está expuesto todo hombre en razón del pecado original) 'en cuanto busca ante todo el goce carnal y sensual vuelve al hombre, en cierto sentido, ciego e insensible a los valores más profundos que nacen del amor y que al mismo tiempo constituyen el amor en la verdad interior que le es propia' [12] . La castidad conyugal, por eso, al dominar y ordenar la concupiscencia, concede la capacidad singular de percibir, amar y realizar el amor verdadero entre los esposos. Es un enriquecimiento de la afectividad y de la espiritualidad conyugal.
Esto es lo que subraya el Catecismo cuando destaca la necesidad de adquirir el dominio de sí mismo como requisito para la armonía y maduración de la persona humana y la función que en este campo supone la castidad: 'La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados' [13] .
Por todo esto se comprende la 'intrínseca bondad' de los métodos naturales [14] . Estos garantizan la madurez, armonía y unidad de la persona humana:
-Unen las dos dimensiones del hombre, lo espiritual y lo corporal, porque permiten conocer y dominar lo biológico a través del señorío de la propia voluntad (el dominio de sí mismo). Permiten de este modo 'alcanzar la armonía del cuerpo, de la mente y del espíritu' [15] . Por eso estos métodos cuando son practicados con virtud son ' liberadores ': 'liberan a las parejas del condicionamiento cultural, económico y político impuesto por los programas de planificación familiar. Liberan a la persona, sobre todo a las mujeres, del recurso a fármacos o de otras formas de interferencia en los procesos naturales...' [16] .
-Unen los dos significados o dimensiones del acto conyugal: la unitiva y la procreativa.
-Unen interioridad y exterioridad: el acto interior que manifiesta el amor de la donación total, por un lado, y, por otro, el amor de la aceptación total, es expresado por un acto externo que 'dice' eso mismo (en el acto anticonceptivo el acto externo 'niega' la totalidad de la donación; es una entrega recortada: se da o se toma el placer físico pero no se da el ser y sus capacidades).
Llevados a cabo como corresponde, es decir, en forma honesta y recta, el método natural, por la práctica de la continencia y de la castidad que supone, contribuye al perfeccionamiento de la vida conyugal y familiar. Lo hacía notar Pablo VI: 'en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles' [17] . Por la misma razón Juan Pablo II señalaba que, al enseñar los métodos naturales no se está solamente proponiendo una alternativa a la contracepción, al aborto y a la esterilización, sino que se está promoviendo 'una verdadera humanización del maravilloso don de la procreación' [18] .
2. Diferencia moral
La diferencia entre unos métodos y otros es una 'diferencia esencial', una diferencia 'de 'naturaleza ética' [19] . Son 'dos acciones con calificación ética diversa, más aún, incluso opuesta' [20] .
a) Los métodos anticonceptivos
Con los métodos anticonceptivos los esposos 'impiden el desarrollo de los procesos naturales' [21] . Tienen un objeto moral intrínsecamente malo: por un lado, la negación de la donación total; por otro, la positiva destrucción de las posibilidades de una nueva concepción (por tanto se enmarcan en una concepción anti-vida, anti-conceptiva, anti-generativa; este acto expresa el pensamiento: 'es malo que un nuevo ser sea concebido y por tanto quiero destruir la posibilidad de que esto suceda'). La decisión de recurrir a los medios artificiales supone un juicio de la razón por el cual los esposos juzgan como un bien para ellos el volverse artificialmente infértiles, y deciden realizar el acto que produce en ellos el 'mal de la infertilidad'.
Por este motivo, todos los métodos anticonceptivos cuando son buscados como tales [22] son intrínsecamente malos y jamás pueden ser justificados, aun cuando los motivos que muevan a los esposos a decidir espaciar los nacimientos o no tener más hijos sean legítimos: 'La Iglesia, decía Pablo VI, es coherente consigo misma... mientras condena como siempre ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias' [23] . Esto es lo que quiere expresar el mismo Papa cuando excluye la licitud de toda acción que 'se proponga, como fin o como medio , hacer imposible la procreación' [24] . 'Como medio' quiere decir que a veces la anticoncepción no es buscada por sí misma sino como medio para otro fin que puede ser bueno en sí mismo (evitar el peligro de muerte en aquella mujer para quien un nuevo embarazo podría comprometer la vida, espaciar los nacimientos para poder educar mejor a lo hijos ya nacidos, etc.). En este caso el problema no es el fin sino el medio, ya que el fin no justifica los medios. Por eso decía Juan Pablo II: 'Si bien también los que hacen uso de las prácticas anticonceptivas pueden estar inspirados por razones plausibles, sin embargo, ello no cambia la calificación moral que se funda en la estructura misma del acto conyugal como tal' [25] .
No hace falta, pues, examinar el 'fin' o las 'circunstancias' que llevan a una pareja de esposos a decidir no tener hijos. El mismo 'objeto moral' o medio que han elegido para este fin es ilícito y hará siempre malo el acto.
La anticoncepción tiene mucha similitud con la tentación del Paraíso; también aquí la tentación consiste en ser dueños de los criterios morales, dictarse a sí mismos las normas de la moralidad -qué hacer, cómo y cuando- independientemente de Dios y en contra del designio expreso de Dios.
b) Aspectos morales de los métodos naturales
Por el contrario, con los métodos naturales los esposos 'se sirven legítimamente de una disposición natural' [26] . El juicio, por tanto, es muy diferente y requiere que se examine no sólo su objeto sino además el fin y las circunstancias, pues, como enseña la moral, la bondad de un acto se deriva de la bondad de los tres elementos que se conjugan en él: el acto mismo (u objeto moral), el fin por el que se hace (fin moral) y las circunstancias que lo acompañan: 'El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias' [27] .
Si tenemos en cuenta lo que se denomina el 'objeto moral del acto', es decir, lo que es elegido por los cónyuges al decidir recurrir a los métodos naturales para regular la natalidad, hay que decir que es un acto que se encuadra, como hemos ya visto, dentro de una correcta visión antropológica de la persona; se ordena de suyo a la práctica de la abstinencia periódica y por tanto al ejercicio de la castidad y del dominio de sí, etc. Por tanto, ninguna objeción puede hacerse por este lado. Los actos por los cuales se regula la natalidad mediante el recurso a los períodos infecundos de la mujer no son en sí mismos anticonceptivos, sino no-conceptivos, y permanecen, por eso, abiertos a la vida. Esto es un punto clave: la decisión de recurrir a los medios naturales implica un juicio prudencial por el cual los esposos juzgan que no es prudente aquí y ahora poner los medios para concebir un nuevo hijo (es decir, buscar el bien de la fertilidad) y por tanto eligen abstenerse, o sea, no realizar el acto que podría dar origen a la nueva vida. Es la omisión de un acto al que -dadas las circunstancias- no están obligados. Si tenemos presente lo que dijimos sobre el objeto moral del acto anticonceptivo, la diferencia esencial saltará a la vista.
En cambio, teniendo en cuenta el fin por el que son practicados, también los métodos naturales podrían responder a una 'mentalidad anticonceptiva'. El Papa Juan Pablo II lo afirma con toda claridad: 'En el modo corriente de pensar acontece con frecuencia que el 'método', desvinculado de la dimensión ética que le es propia, se pone en acto de modo meramente funcional y hasta utilitario . Separando el 'método natural' de la dimensión ética, se deja de percibir la diferencia existente entre éste y otros 'métodos' (medios artificiales) y se llega a hablar de él como si se tratase sólo de una forma diversa de anticoncepción' [28] . Esto ocurre cuando los motivos por los que se recurre a los métodos naturales no son serios. La valoración de los motivos es algo delicado. Hay, sí, motivos que son siempre válidos para tomar la decisión de espaciar los nacimientos o incluso en algunos casos decidir no tener más hijos: graves problemas de salud, extrema pobreza, nacimientos muy seguidos, alteraciones psíquicas, etc.; pero también pueden darse otros factores circunscriptos a determinados lugares: políticas familiares que dejan desamparadas a las familias numerosas, necesidad de que la mujer trabaje fuera de la casa, etc. Por eso recordaba el Papa Juan Pablo II: 'La Iglesia reconoce que pueden haber motivos objetivos para limitar o distanciar los nacimientos, pero recuerda, en sintonía con la Humanae vitae , que las parejas deben tener 'serios motivos' para que sea lícito renunciar al uso del matrimonio durante los períodos fértiles y hacer uso durante los períodos infértiles para expresar su amor y salvaguardar su recíproca fidelidad' [29] . Otros motivos, en cambio, son claramente ilícitos, como son todos aquellos que responden a criterios egoístas, miedos injustificados, desconfianza de la Providencia divina, considerar a los hijos como una carga, etc.
Finalmente, teniendo en cuenta las circunstancias, es evidente que sólo son legítimos los actos conyugales en los períodos infértiles y por motivos serios cuando se está dentro de un legítimo matrimonio . Sólo es lícito regular responsablemente la paternidad-maternidad donde es legítimo realizar los actos conyugales, y esto tiene lugar sólo en un matrimonio verdadero. Cuando se trata de uniones 'de hecho', relaciones prematrimoniales, matrimonios civiles, divorciados vueltos a casar, etc., el problema no son los métodos por los que se espacian o evitan los hijos, sino que toda relación sexual es de suyo ilegítima y gravemente pecaminosa.
3. La enseñanza de los métodos naturales
En la Familiaris consortio decía Juan Pablo II: 'Conviene hacer lo posible para que semejante conocimiento (de los ritmos de la fecundidad) se haga accesible a todos los esposos, y ante todo a las personas jóvenes, mediante una información y una educación clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de expertos' [30] .
¿A quién compete esta tarea? A aquellos que sean capaces de presentarla con la integridad que exige el tema. Una función muy importante la cumplen las 'instructoras' de estos métodos y los médicos que sirven de apoyo. Pero es fundamental recordar, como ya lo hemos hecho notar más arriba, que estos métodos no se reducen a una 'técnica' de dominio biológico sobre la propia capacidad reproductiva. Forman parte de la 'educación del amor' de los cónyuges. Sólo alcanzan su fin dentro de un marco ético y dentro una línea de conducta que engloba las dimensiones afectivas, psicológicas y espirituales de los cónyuges.
De este modo, la enseñanza correcta de estos métodos exige que sean enmarcados en una visión antropológica y espiritual precisa. No basta, pues, con enseñar las técnicas de 'diagnóstico' de la fertilidad/infertilidad; es necesario hablarles a los esposos del fundamento antropológico que le hace de base (adaptándose a la cultura y educación de cada pareja), dándoles los principales elementos para la educación de las virtudes y de la ascésis cotidiana (porque habrán de adquirir, si no la tienen, o perfeccionar si ya la tienen, la virtud de la castidad y del autodominio), y si son católicos hay que educarlos en el constante recurso a la gracia y al uso frecuente de los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, y a la responsabilización en el campo de la caridad [31] .
En efecto, 'no se trata sólo de una cuestión biológica y psicológica, sino de toda una concepción y una práctica de vida, radicada en la 'Palabra de Dios', que ilumina sobre la naturaleza y sobre el destino del hombre, y por eso fundamentada en la perspectiva de la eternidad' [32] . Esto supone que muchas veces no puede darse una visión acabada si no se cuenta con asistencia espiritual.
Además, de aquí se desprende que al enseñar estos métodos nunca se deben silenciar sus aspectos antropológicos y morales, a riesgo de hacer una presentación incompleta y, por ende, fácilmente falseable. Cuando la persona capacitada técnicamente no se sienta capaz de dar razón de estas dimensiones éticas y espirituales, debe saber manifestar que está sólo dando un aspecto -no siempre el más importante- de estos métodos y, en la medida de las posibilidades, debería derivar a quien pueda completar la instrucción.
Esta enseñanza es, pues, un acto propiamente 'educativo' de la personalidad y catequético, en cuanto al enseñar los métodos naturales se debe hacer referencia al Plan amoroso de Dios Creador Sapientísimo y Redentor del hombre. Como señalé al comienzo, la presentación de estos aspectos antropológicos y espirituales es esencial para que ambos esposos comprendan realmente lo que significan los métodos naturales y para que, si deben recurrir a ellos en alguna oportunidad de la vida, los usen de modo virtuoso. Creo, sinceramente, que muchos esposos que teniendo serios motivos para espaciar los nacimientos lo hacen recurriendo a la anticoncepción, estarían mejor dispuestos a conducirse por esta vía moralmente auténtica si se les presentase en una visión más adecuada y completa.
[1] El Magisterio habla de 'métodos naturales' en plural: 'Debemos estar convencidos que es providencial que existan varios métodos naturales para la planificación familiar de modo de encontrar las necesidades de las diversas parejas. La Iglesia no da aprobación exclusiva a ningún método natural... La razón última de cada método natural no es simplemente su eficacia o atendibilidad biológica sino su coherencia con la visión cristiana de la sexualidad y del amor conyugal' (Juan Pablo II, A los dos congresos sobre la familia, 8/06/84, nº 5; en: 'Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Libreria Editrice Vaticana, Unitelm, Padova, 1996).
[2] Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal, Familiaris consortio, 32.
[3] Esto es lo que significa propiamente el vicio de la 'incontinencia': la debilidad de carácter para dominar racionalmente las pasiones. Se da en todas las pasiones (como la ira, la codicia, etc.), pero se manifiesta principalmente en las pasiones venéreas (cf. Suma Teológica, II-II, 156).
[4] Cf. Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 26/08/84, p. 3, nº 6.
[5] Cf. Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano 26/08/84, p.3, nnº 2-8.
[6] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano 9/09/84, p.3, nº1.
[7] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano 2/09/84, p.3, nº6.
[8] 'La continencia... consiste en la capacidad de dominar, controlar y orientar los impulsos de carácter sexual (concupiscencia de la carne) y sus consecuencias, en la subjetividad psicosomática del hombre' (Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 28/10/84, p. 3, nº 1).
[9] Cf. Juan Pablo II, Discurso a los participantes de un curso de formación sobre los métodos naturales, 10/01/92, nº 3; en 'Insegnamenti...'.
[10] Juan Pablo II, Catequesis semanal, 11/11/84, p. 3, nº 4.
[11] Juan Pablo II, Discurso a los participantes de un curso de formación sobre los métodos naturales, 10/01/92, nº 2; en 'Insegnamenti...'. En otro lugar dice el mismo Papa: 'En el caso de una regulación moralmente recta de la natalidad que se realiza mediante la continencia periódica, se trata claramente de practicar la castidad conyugal, es decir, de una determinada actitud ética. En el lenguaje bíblico diríamos que se trata de vivir del espíritu' (Juan Pablo II, Catequesis semanal, 2/09/84, p. 3, nº 6).
[12] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 28/10/84, p. 3, nº 2.
[13] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2339.
[14] El Papa Juan Pablo II habla de 'intrínseca calificación moral positiva' (cf. Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 12/08/84, p.3, nº 3).
[15] Juan Pablo II, Audiencia a los participantes del encuentro internacional sobre el tema: 'La regulación natural de la fertilidad; la auténtica alternativa', 11/12/92, nº 4; en 'Insegnamenti...'.
[16] Juan Pablo II, Audiencia a los participantes del encuentro internacional sobre el tema: 'La regulación natural de la fertilidad; la auténtica alternativa', 11/12/92, nº 4; en 'Insegnamenti...'..
[17] Humanae vitae, 21.
[18] Juan Pablo II, Audiencia a los participantes del encuentro internacional sobre el tema: 'La regulación natural de la fertilidad; la auténtica alternativa', 11/12/92, nº 1; en 'Insegnamenti...'..
[19] Cf. Humanae vitae, 16; Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 12/08/84, p.3, nº 2.
[20] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 12/08/84, p. 3, nº 2.
[21] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 12/08/84, p.3, nº 2.
[22] 'Cuando son buscados como tales': quiero decir con esto que el juicio que aquí realizo se refiere al uso de medios anticonceptivos con el fin de evitar un embarazo. Es lo que se denomina 'anticoncepción' (o esterilización) directa. Distinto es el juicio moral cuando alguno de estos medios admite un uso terapéutico (por ejemplo, regularización de ciclos menstruales u otro tipo de terapias) produciendo como efecto secundario la esterilidad transitoria o permanente de la persona. En este caso su licitud se juzga mediante el principio moral del 'doble efecto'.
[23] Humanae vitae, 16.
[24] Humanae vitae, 14.
[25] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 12/08/84, p. 3, nº 2.
[26] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 12/08/84, p.3, nº 2.
[27] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1755.
[28] Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 9/09/84, p. 3, nº 4.
[29] Cf. Juan Pablo II, Audiencia a los participantes del encuentro internacional sobre el tema: 'La regulación natural de la fertilidad; la auténtica alternativa', 11/12/92, nº 2; en: 'Insegnamenti...'.
[30] Familiaris consortio, nº 33.
[31] Cf. Juan Pablo II, A los cursistas sobre métodos naturales, 13/12/85, nº 3; en: 'Insegnamenti...'.
[32] Juan Pablo II, A los cursistas sobre métodos naturales, 13/12/85, nº 3; en: 'Insegnamenti...'.
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